Matilde Sánchez

Una de las personalidades intelectuales más influyentes de los últimos años, el historiador israelí Yuval Noah Harari, acaba de publicar en el diario inglés Financial Times una exhortación a los gobiernos más poderosos del planeta, destinada a sacudir a la ciudadanía: no son tiempos para pensar en términos de nacionalismo ni ventajas sanitarias monopólicas, sino de actuar más globalmente que nunca. Y con responsabilidad. Porque “las decisiones que tomen los gobiernos y pueblos en las próximas semanas probablemente darán forma al mundo que tendremos en los próximos años. No solo formatearán nuestros sistemas de salud, sino también nuestra economía, la política y la cultura; debemos actuar con presteza y decisión”, sostiene el autor de De animales y dioses. Una breve historia de la humanidad”

Una palabra sobre la meteórica trayectoria de Yuval Noah Harari. Este joven historiador encarna la nueva estirpe de intelectuales de alta divulgación, eficaces para recorrer de manera transversal todas las instituciones, influyendo en políticos, audiencias  y académicos  a la vez, con un discurso y conceptos suficientemente llanos y significativos. Docente en la Universidad Hebrea de Jerusalén y el conferencista mejor pago del mundo (se presenta por sumas de seis dígitos y una estrategia de comunicación sofisticada que incluye visitas a otras personalidades), fue imponiéndose como una referencia seria en las universidades de todo el mundo a partir de ese canal propio, que son sus libros. De hecho, es autor de un éxito editorial único. En los ensayos De animales a dioses: Breve historia de la humanidad, postula que la historia tiene un sentido, y que este se despliega como relato de la progresiva unificación de las distintas ramas de la especie humana, amalgamadas por su espíritu de cooperación y los mitos que ha podido crear gracias al lenguaje.

Para Harari, nuestro mito dominante actual y desde hace varios siglos es el de la Libertad, que funda, entre otras instituciones, la democracia occidental. De hecho, existe hoy un cambio de paradigma profundo a partir de la llegada de los algoritmos. Para Harari, sin embargo, seguimos cautivos de nuestra biología y genética; no estamos tan lejos de aquel Homo sapiens que con tanta belleza concibió Stanley Kubrick en una Odisea en el espacio, cuando el primate evolucionado descubría una herramienta para golpear y enfrentaba su primera pregunta existencial al confrontarse con el enigmático monolito. Estamos amarrados a nuestra genética pero necesitamos el relato de nuestra libertad.

En “El mundo después del coronavirus”, Harari advierte que el primer dilema es entre la vigilancia totalitaria y el empoderamiento ciudadano; el segundo desafío es entre el aislamiento nacionalista y la solidaridad global.

Harari sostiene que la tormenta de la pandemia pasará, sobreviviremos pero será otro planeta, dado que muchas de las medidas actuales de emergencia tendrán que establecerse como rutinas fijas: “tal es la naturaleza de las emergencias, aceleran los procesos históricos en fast forward” .  “Las decisiones que en tiempos normales llevan años de deliberación se toman en pocas horas -explica-. Las tecnologías peligrosas e inmaduras entran rápidamente en vigor porque los riesgos de la inacción son peores. Países enteros funcionan ya como conejos de indias de experimentos sociales a gran escala. ¿Qué pasa cuando todos trabajamos en casa y solo tenemos comunicación a distancia? Qué ocurre cuando todas las escuelas y universidades trabajan online? “  Esas son preguntas que la población  mundial se hace a estas horas, desde el médico hasta el oficinista, desde el empresario hasta el maestro.

Hablamos de un control biológico a esta altura, según él, una “vigilancia subcutánea” para detener la epidemia. Por primera vez en la historia, hoy los gobiernos tienen la capacidad de monitorear a toda su población al mismo tiempo y en tiempo real, dispositivo que ni la KGB soviética consiguió en un solo día. Los gobiernos de hoy lo consiguen con sensores omnipresentes y poderosos algoritmos, tal como lo demostró China, al monitorear a la población a través de los celulares y las cámaras de reconocimiento facial. La pregunta, nos alerta, es si los datos de sus reacciones serán luego empleados políticamente para saber cómo responden las emociones del electorado a ciertos estímulos: en otras palabras, para manipular a grandes masas. Ahora diversas apps en China advierten al portador de un celular que se encuentra cerca de un infectado: ¿de qué supuesto peligro podrían alertarnos también? Este tipo de tecnologías no se limitan a Asia. Nos recuerda Harari que recientemente el Primer Ministro israelí Benjamín Netanyahu autorizó a la Agencia de Seguridad a emplear tecnología antes restrictiva para combatir terroristas a rastrear enfermos de coronavirus; lo hizo a través de un terminante “decreto de emergencia” que desestimó de cuajo las objeciones de la oposición en el Parlamento.

En otras palabras, la tecnología de vigilancia masiva que antes espantaba a muchos gobiernos podría ser de empleo regular: ya no un control “sobre la piel”, sino “debajo de la piel”. Los políticos tendrán mucha información ante qué cosas nos provocan tristeza, hastío, alegría y euforia. Eso representa un poder sobre las poblaciones inédito y riesgoso.

Por otra parte, sin embargo, se ha demostrado que el monitoreo centralizado y el castigo severo no son la manera más eficaz de conseguir el acatamiento a las normas que nos pondrían a salvo. Una población motivada en su propia salud y bien informada es la única clave. De hecho, esa es la gran enseñanza de la política del uso del jabón, que no requiere de un Gran Hermano mirando a toda hora: el  hábito del jabón precede todas las reglamentaciones, es una especie de legado familiar de largo ciclo histórico.

La clave de la cooperación

El historiador adquiere su rango de filósofo al insistir en la centralidad de los relatos comunes a las civilizaciones, por ejemplo, de las costumbres higiénicas. Para conseguir ese nivel de cumplimiento y colaboración en el bien común se necesita confianza: en la ciencia, en las autoridades públicas y en los medios. “En los últimos años, políticos irresponsables socavaron deliberadamente la confianza en la ciencia, las autoridades y los medios -afirma-. Ahora esos mismos políticos podrían tentarse de tomar el camino más expeditivo hacia el autoritarismo, con el argumento de que no se puede confiar en que el público haga lo correcto”, advierte.

Normalmente, la confianza que ha sido erosionada durante años no se puede reconstruir de la mañana a la noche. Pero estos no son tiempos normales: “En lugar de edificar regímenes de vigilancia, no es tarde para reconstruir la confianza del pueblo en la ciencia, las autoridades y los medios”.

Definitivamente debemos emplear las nuevas tecnologías también. Pero estas deberian empoderar a la ciudadanía. “Estoy muy a favor de monitorear mi temperature corporal y presión arterial pero esta data no debe ser usada para crear un gobierno todopoderoso, sino que debe permitirme tomar decisiones personales mejor informadas, y también debería hacer que el gobierno de cuenta de sus decisiones -escribe-. Si yo pudiera controlar mi estado clínico las 24 hs del día, podría saber si me he convertido un riesgo para los demás y también saber cuáles hábitos ayudan a mi salud.

Y podría acceder y analizar estadísticas confiables sobre el contagio del coronavirus, juzgar mejor si el gobierno nos dice la verdad y si está tomando las medidas adecuadas para combatir la epidemia. Cuando la gente habla de vigilancia hay que tener presente que esta misma tecnología que el gobierno emplea para vigilar a los individuos puede ser usada por los individuos para monitorear al gobierno.

El coronavirus es un test superlativo para la ciudadanía; dado que en los próximos días cada uno de nosotros deberá decidir si confiar en la información científica y los expertos en salud o, por el contrario, en teorías conspirativas infundadas y en políticos interesados. Si no tomamos la decisión correcta, sostiene, ya podemos ir renunciando a nuestras libertades más preciadas, en la creencia de que así resguardamos nuestra salud.

En el tramo más vibrante de su artículo, Harari exhorta a que tengamos un plan global. Su segunda premisa nos exige elegir entre el aislamiento nacionalista y la solidaridad global. Dado que tanto la epidemia como la consiguente crisis económica son globales, solo se podrán resolver con cooperación global, Para derrotar la pandemia debemos compartir globalmente la información, y esa es la gran ventaja de los humanos sobre los microorganismos. China puede enseñarle mucho a los EEUU sobre cómo combatirlo. Mientras el dubitativo gobierno británico se decide entre privilegiar la economía sobre la salud pública, los coreanos tienen mucho que aleccionar sobre la lucha contra el coronavirus. Pero ésta no puede conseguirse sin compartir la información. “Necesitamos un espíritu de cooperación y confianza”, nos alerta. Y también la plena disposición internacional para producir y distribuir equipamiento médico, como kits de tests y respiradores. Así como los países internacionalizan sus principales industrias durante una guerra, el combate contra el coronavirus require “humanizar las industrias comprometidas en el bien común.

Un protocolo global debería permitir que equipos muy controlados de expertos sigan viajando, científicos, medicos politicos y empresarios deberían poder desplazarse, regresar a casa con la experiencia adquirida y la ayuda dispensada. Los líderes del G7 lograron hace pocos días finalmente organizar una videoconferencia pero no consiguieron ponerse de acuerdo. La parálisis parece haber ganado a la comunidad internacional.

“La actual gestión en los EEUU ha declinado su rol como líder global -fustiga Harari-. Ha dejado en claro que le importa mucho más la grandeza de los Estados Unidos que el futuro de la humanidad.” Abandonando incluso a sus mejores aliados, escribe, el gobierno de Trump escandalizó al mundo al ofrecerle mil millones a un laboratorio alemán para hacerse del monopolio de la fórmula para una vacuna.

Si el vacío dejado por EEUU no es ocupado por otro país será más dificil todavía detener la pandemia. La humanidad está ante un desafío histórico, ¿adoptamos el camino de la solidaridad global o el de la desunión, que solo prolongará la crisis?

21/03/2020 –

Revista Ñ /Clarín