Carlos Julio Báez Evertsz

   El 5 de agosto de 1895 moría en Londres Friedrich Engels, uno de los  creadores junto a Karl Marx de la concepción del socialismo que significó una “ruptura epistemológica” con toda la tradición del socialismo hasta entonces existente. Los socialismos basados en las buenas intenciones, en las ideas filantrópicas, en la caridad,en las ideas religiosas del amor al prójimo, del socialismo pequeñoburgués de los Proudhon y compañía y de todo lo que se puede incluir o caber en el paraguas conceptual de socialismo utópico.

   Ese giro copernicano realizado por esa pareja intelectual bien avenida y amigos fraternales, consistió nada más y nada menos, que en dar al socialismo una base rigurosa, sistemática o científica. El socialismo no sería ya una idea que se quiere poner en práctica por unos revolucionarios y unos reformadores sociales, para que la humanidad fuese mejor y la vida humana fuera más plena, más libre y menos egoísta- que también-, sino que sería una consecuencia “lógica” del desarrollo del proceso histórico, de la evolución de la estructura económica y de las luchas sociales.

   La vida del hombre desde que se convirtió en un homo erectus y posteriormente en el homo sapiens, se desarrolló en todos los aspectos mediante el trabajo. Y su agrupación en comunidades facilitó su vida y el desarrollo de la economía, es decir, la manera de organizarse para obtener los recursos, siempre escasos, para poder alimentarse, guarecerse, reproducirse y defenderse.

   El estudio del proceso histórico de las diferentes maneras en que los hombres se han organizado permitió discernir una serie progresivas de modos de producción, que se pueden tipificar en los siguientes: la comunidad primitiva, el modo de producción oriental, el esclavista, el feudal, el capitalismo mercantil simple, el capitalismo manufacturero y todas las fases por las que éste ha pasado y pasará hasta que la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las formas de apropiación se convierta en un obstáculo para el posterior desarrollo y sea necesario pasar a otra forma de organización de la producción, que ellos denominaron socialista.

A partir de del socialismo y en un proceso indeterminado el gran impulso dado a las fuerzas productivas , por la ciencia y la tecnología, y el excedente en manos de la mayoría social, permitiría marchar hacia una sociedad dónde el hombre no estaría alienado, habría abundancia de los bienes necesarios y de civilización, la humanidad alcanzaría una sociedad de personas libres, iguales, fraternales y dónde el Estado entendido como un poder de dominio sobre las personas se iría extinguiendo hasta convertirse en un órgano de administración de las cosas a favor de la totalidad de la población y no de una parte de ella. Se habría alcanzado el reino de la libertad. Comenzaría la historia humana con mayúscula.

   Como Marx y Engels no eran profetas ni adivinos, nunca trazaron un mapa detallado de cómo se organizaría en el socialismo o en el poscapitalismo, la producción, salvo que ya el fin de la misma no sería la explotación y la opresión para obtener lucro sino para satisfacer las necesidades humanas. Y que la riqueza social se distribuiría de acuerdo al criterio del trabajo aportado y toda la colectividad tendría acceso a la satisfacción de sus necesidades humanas básicas. Dentro de la mayor igualdad socioeconómica funcionalmente posible en cada periodo dado.

   Para lograr el llamado socialismo, adjetivado como científico como opuesto al utópico, no basta, empero, tener en cuenta el desarrollo de las fuerzas productivas y esperar pasivamente la contradicción entre la producción y el modo de apropiación sino que es necesario que los trabajadores de todo tipo (según la complejidad de la economía), realicen una acción colectiva y estén dispuestos a tomar el poder desplazando de su control del Estado a la clase social que hasta ese momento ha tenido el dominio económico, social y político: la burguesía o clase capitalista.

   Esto es, el camino al socialismo implica  una auto-emancipación del conjunto de la clase trabajadora, del Trabajador Colectivo. Como una vez muerto Marx, expuso una vez más Engels (Introducción de 1895 a Las luchas de clases en Francia) esto casi siempre requerirá un enfrentamiento con los que se benefician y lucran con el sistema imperante y que no abandonan su poder sin lucha, aunque, sí el Trabajador Colectivo logra obtener una mayoría social mediante elecciones u otro medio aceptado por la sociedad y que no implique una especie de guerra civil, tanto mejor para todos.

   Escribió Engels lo siguiente:”los socialistas van dándose cada vez más cuenta de que no hay para ellos victoria duradera posible a menos que ganen de antemano a la gran masa del pueblo”. Idea contraria a creer que unas minorías pueden sustituir con su “acción revolucionaria”  violenta el papel de las masas, de la mayoría social del pueblo. Y añadía Engels: “El trabajo lento de propaganda y la actuación parlamentaria se han reconocido también…como la tarea inmediata del partido”.

   Claro está, sin renunciar al derecho a la revolución  ya que este es el único “derecho histórico” en que descansan y se fundamentan todos los estados modernos sin excepción, incluyendo el británico, el de Estados Unidos, el de Francia y etc. Todos ellos mediante sus revoluciones cambiaron el orden legal vigente – es decir, el luego llamado “orden constitucional”, que se aspira irracionalmente sea eleático,inmutable-, y lo sustituyeron por otro, y a partir de ese nuevo derecho o legalidad establecieron el orden jurídico vigente, el orden burgués-conservador o liberal, en que se basaron y en que se siguen fundamentando esos estados. O sea, todo el orden legal actual- el status quo jurídico- surgió de un acto revolucionario: la Gloriosa Revolución inglesa, la Revolución de Independencia de Estados Unidos, la Revolución francesa y, hasta la disolución de la URSS, de la revolución bolchevique de 1917 y la revolución que proclamó la República Popular China el 1 de octubre de 1949.

   Abundando en esa idea afirma Engels –recordemos que lo hizo en  1895, por tanto, en uno de sus últimos escritos políticos-,que la ironía de la historia lo pone todo patas arriba y que los “revolucionarios”, los “subversivos” prosperamos mucho más con los medios legales que “con los medios ilegales y la subversión” y, al contrario, los partidos del sistema, del orden vigente, naufragan con la legalidad. Lo que se expresa en la frase de Odilon Barrot (político francés): “la legalité nous tue”, la legalidad nos mata”. Y advertía Engels ante los enajenados o rabiosos de izquierda que ese progreso sería posible: “si no somos tan locos que nos dejemos arrastrar al combate”.

   La vía democrática y legal- cuando existen las condiciones para las mismas- es la que cada vez más se acepta en la mayoría de los países más desarrollados e incluso la que se va imponiendo en los de menor desarrollo de sus fuerzas productivas. Esta ha sido la línea política que han propugnado los grandes y más maduros partidos socialistas y comunistas a través del mundo e incluso en América Latina (en Chile, en Argentina, en Uruguay, en Brasil, en México, etc.).Si bien, esto no depende solo de una parte de la sociedad (los asalariados, el conjunto de los trabajadores), sino que debe ser aceptado por la gran mayoría. De lo contrario, como muy bien dijera el presidente Kennedy, los que no aceptan la revolución pacífica están propiciando la revolución violenta. 

   Engels era un experto en temas militares, era conocido por sus amigos y correligionarios como “el general”. Y su experticia no se reducía a la teoría de la táctica y la estrategia, sino que se extendía al conocimiento tecnológico del armamento moderno. Todo ello hace aún más rigurosa su advertencia de que los trabajadores debían emplear todo el arte estratégico militar para no servir de carne de cañón en enfrentamientos disímiles que no conducen sino a derrotas previsibles de antemano, de las que no se recuperan  sino en décadas.

   La síntesis de todo el arte de la guerra se reduce a esta máxima: mantener y acrecentar nuestras fuerzas y debilitar las del enemigo. Por ende, no son seguidores “verdaderos” de Marx y Engels, los dirigentes aventureros que en nombre de la clase trabajadora la llevan al matadero y como consecuencia posterior, a la pasividad y al desencanto, por su incapacidad de tener la cabeza fría y saber establecer las correlaciones de fuerzas de cada coyuntura y las tácticas y estrategia que de ella derivan.

   Así pues, en el 125 aniversario de la muerte de Engels, su contribución al socialismo científico está reconocida a la par que la de Marx y sólo algunos esnobs y académicos tratan a estas alturas de buscar  contradicciones y diferencias abismales entre el pensamiento de Marx y de Engels. Ellos pueden insistir en esos matices  porque  su interés se encuentra no tanto en la búsqueda de la verdad objetiva sino en tratar siempre de rizar el rizo y dar motivo al intercambio de pareceres, en polémicas discursivas en revistas que solo leen un puñado de especialistas.

  Con gran modestia de su parte Engels siempre se colocó en una posición secundaria respecto a Marx, quien desde joven demostró su gran valía, pero lo hizo como homenaje al genio de Marx y a sus descubrimientos en materia de economía política, no porque su talento y valía político-intelectual fuera menor, aunque no pudo dedicarse a la investigación rigurosa de por vida, como lo pudo hacer Marx. ¿Hay que recordarlo? Gracias en buena parte al permanente sostén económico de Engels. Recordemos que Engels, con solo 24 años, escribió La situación de la clase obrera en Inglaterra, que Marx siempre tuvo como una obra de referencia sobre las consecuencias de la explotación capitalista y sobre la inhumanidad del capitalismo. Este trabajo puede considerarse que puso los cimientos de una sociología a la vez empírica y conceptual.

   En El Capital (I,p.349) señala Marx: “Sobre el periodo que va desde el comienzo de la industria a gran escala en Inglaterra hasta 1845, sólo hablaré brevemente, a los lectores que quieran más detalles los remito a La situación de la clase obrera”. Y  también expuso: “la amplitud de la visión de Engels en lo relativo a la naturaleza del método de producción capitalista queda demostrada en los informes de las fábricas, los informes sobre las minas, que han aparecido desde la publicación de su libro”.

   Si Marx pudo hacer lo que hizo a Engels se lo debe. Si Marx fue el autor intelectual de la ley del valor trabajo, el autor de El Capital, Engels fue el financiador y el  animador de esas investigaciones por décadas. Más aún, los tomos II y III de El Capital se deben al arduo trabajo de ordenar y darle forma literaria inteligible a ese caos de manuscritos y apuntes diversos de Marx. Como también fue Engels el autor de numerosos artículos firmados por Marx para diarios extranjeros de los que éste obtenía parte de su sustento.

  Las tendencias antiengelsianas existen, sin duda. Sobre todo se critica a Engels que su cientifismo se quedaba en el positivismo y el evolucionismo de su época. Entendemos que el horizonte científico, en general, es el de la época que nos toca vivir, salvo que se sea un visionario y se vaya más allá de lo que la ciencia de una época ha producido. Con lo cual entiendo que no se hace ciencia sino prognosis a lo sumo. Otra de las críticas es su aplicación de la dialéctica fuera del ámbito, digamos de las ciencias sociales, a las naturales. Y las diferencias filosóficas que podían existir entre Marx y Engels. Que seguro los hermenéuticos y eruditos la encontraran.

   Obviamente, que el pensamiento de Marx y Engels formen una unidad en lo esencial no quiere decir que en todo su discurrir e interpretaciones fuera absolutamente idéntico. Eso es imposible. Lo que no es admisible y lógico es aceptar como válido que se quiera hacer una lectura de Engels como el “teórico” del sovietismo y de Marx como el del “marxismo occidental”, colocando a uno en el altar de un supuesto “marxismo dogmático”, y al otro,  situándose como el Dios del “marxismo humanista”. Empero entrar a exponer toda éstas disputas académicas nos llevaría muy lejos y ésta fuera del alcance de este modesto trabajo. Finalicemos aquí, pues, reivindicando el papel esencial de Engels en un marxismo sin adjetivos.

Torrelodones, 5 de agosto de 2020